viernes, 21 de noviembre de 2014

1904, CIEN AÑOS DESPUÉS..

Carlos D. Mesa Gisbert
El 20 de octubre de 1904, Alberto Gutiérrez  Embajador de Bolivia en Chile, estampaba a nombre de la nación boliviana debajo del texto “Tratado de Paz y Amistad” entre Chile y Bolivia, la firma más dramática de todas las que se hayan rubricado la historia de la República.
Meses después, el 10 de mayo de 1905, el Congreso ratificó ese documento tras un intenso debate, áspero y amargo, en el que no sólo los parlamentarios opositores sino muchos del  partido liberal en el gobierno, hicieron lo que en sus manos estuvo para impedir la consumación de un hecho de incalculables consecuencias para el país.
La firma del Tratado y las razones esgrimidas por quienes los respaldaron, los llamados “practicistas”, puede explicarse pero nunca justificarse. La evidencia de un territorio físicamente en poder del enemigo y fuertemente militarizado, se sumaba a la percepción de los gobernantes bolivianos de que era una página que debía cerrarse. Para hacerlo, líderes de la oposición de Pando y Montes no consideraron  el antecedente más importante que se tenía a mano, los Tratados de  de 1895.
En ese año se había suscrito  un tratado  en el que la compensación por la cesión de nuestro territorio marítimo era algo más que el plato de lentejas que se recibió en 1904.
Era el Tratado de Transferencia de Territorio de 18 de mayo de 1895, en el que se acordó: “de acuerdo en que una necesidad superior y el futuro desarrollo y prosperidad comercial de Bolivia requieren su libre  y natural acceso al mar, han determinado (Chile y Bolivia) ajustar un Tratado especial sobre transferencia de territorio”. No había equívocos. El Tratado establecía opciones. Sean estas Tacna o Arica (entonces con soberanía  todavía no resuelta entre Chile y Perú) o de no ser posible, la caleta Vitor.
El malhadado Tratado en cambio, entregó 120.000 km2 de superficie, 400 km lineales de costa, riquezas de guano, salitre y plata e ingentes riquezas de cobre, el principal rubro de exportaciones  hasta hoy (que ha recibido  más de 950,000 millones de dólares-no indexados- por sus exportaciones en un siglo) ¿Y cuál fue la contrapartida? Libre tránsito por puertos chilenos, la construcción de un ferrocarril (Arica – La Paz), el 5% de garantía sobre capitales para la eventual construcción de líneas férreas en los siguientes 30 años y 300 mil libras esterlinas. ¡Menudo negocio!
Fue una decisión desastrosa basada en una lectura inmediatista y de presente que encegueció a nuestros gobernantes. Tuvo que ver la combinación de la obsesión “modernizadora” y la necesidad de elites de hacer más eficiente el proceso de producción y exportación de nuestras riquezas minerales a través de  esa deidad del progreso que era el ferrocarril. No está demás también recordar la presencia de  importantes empresas chilenas en la minería boliviana. El Tratado fue un baldón, un error histórico que ningún boliviano, por mucha voluntad de apertura mental que tenga, puede ni debe justificar. Pero el Tratado fue, ahí está y es lo que es.
Bolivia, no Chile, ha cumplido rigurosa y escrupulosamente sus terribles páginas honrando su fe como Estado para hacer honor a la idea de un acuerdo de paz y no de amistad, porque no puede honrar la amistad de nadie un documento cuya consecuencia es el enclaustramiento de una nación que vio la vida independiente con acceso soberano al mar.
Pero el Tratado es historia, es una página pasada. Los años que nos separan de él nos han permitido que la mirada de futuro no puede anclarse en 1904, sino por el contrario en la filosofía que Bolivia y Chile formularon a partir de la sabiduría de Daniel Sánchez Bustamante, quien en 1910 comprendió que había que proponer a Chile negociar una salida soberana  a Bolivia sin tocar el Tratado. Esa lógica fue comprendida por varios gobernantes chilenos que fueron conscientes de que las relaciones entre ambos países no recuperarían su plenitud si no se le entregaba un acceso soberano a nuestro país.
Durante décadas hombres de Estado de nuestro vecino ofrecieron formalmente esa salida con la certeza de que cualquier negociación  y cualquier solución al problema debían plantearse y desarrollarse fuera del Tratado  y sin tocar ninguna de sus cláusulas.  Por eso, si hay algo que recordar de tan infausto documento,  no es el dogal que significó, sino todo aquello que se hizo- y bien hecho – entre 1910 y  1983, cuando ambas naciones estudiaron caminos alternativos para resolver el meollo de la cuestión. Lo que de esas promesas unilaterales y negociaciones bilaterales quedó como sedimento es una rica jurisprudencia que hoy, quienes gobiernan Chile, pretenden esconder debajo de la alfombra.
Los reiterados compromisos de un Estado no pueden ser olvidados en ningún Gobierno y menos en un Gobierno progresista y democrático. La palabra de los gobernantes de un país compromete al Estado en cualquier tiempo hasta que esa palabra sea honrada.
COMENTARIO DE GASTÓN CORNEJO BASCOPÉ.
Ningún escritor había formulado con tanta claridad y en forma sintética y justa la trascendencia de las motivaciones que tiene Bolivia ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya. 
El inteligente autor del artículo, fue un Presidente que tuvo una trayectoria impoluta y patriótica, soslaya delicadamente la violenta presión y amenaza militar que Chile ejerció sobre la Patria en esos años infaustos. Anota de pasada el enorme beneficio que Chile ganó con su acción de conquista guerrera. Ofrece una explicación sobre el “practicismo” dominante en la legislatura de 1905 por la cual se rubricó el enclaustramiento centenario de la dignidad nacional y marcó dolorosamente la vida de las generaciones que desde entonces sufren tan dramático suceso en la historia de Bolivia.
Y concluye, introduciendo el dedo en la llaga sangrante, aquella que mientras esté abierta será un  baldón de vergüenza y enemistad en las relaciones entre los dos países hermanos en que la fraternidad debiera ser la única norma de bio-política civilizada. La amistad verdadera y no el entuerto de una política vergonzosa.
Carlos D Mesa expresa una brillante frase. “La firma del Tratado de 1904 y las razones esgrimidas por quienes lo respaldaron, puede explicarse más nunca justificarse”.
Pero el Tratado de 1904 es historia- comenta- ahora lo prioritario es recordar a Chile el Tratado de 1895, y eso sí es insoslayable y prioritario para limpiar un relato de ignominia. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

COMBATE DE CALAMA

Texto tomado del libro La Primera Pagina en la GDP, de Ricardo Ugarte
Imagen foto del siglo XIX con un grabado sobre el combate de Calama, representa la muerte de Abaroa

JEFE DE LAS FUERZAS DE CARACOLES Y ATACAMA.

 Cuartel general en marcha – Huanchaca, marzo 31 de 1879.

 Señor:

Al haber tocado este departamento con los restos del combate que el día 23 del que termina tuvo lugar en Calama, entre el Ejército de Chile y la escasa fuerza de mi mando, me es obligatorio poner en conocimiento del señor Comandante General del Departamento, que continuo mi marcha á esa Capital, donde estuvé con el señor Prefecto del Litoral Coronel Severino Zapata, y cuarenta y ocho personas entre Jefes y Oficiales, tropa y empleados de la Prefecura del Litoral.

Aprovecho esta ocasión para ofrecer al señor Comandante Jeneral, mis consideraciones de respeto y estimación.

 Dios guarde á U.
 LADISLAO CABRERA


 Al señor Comandante Jeneral del Departamento de Potosí.
Jefe de las fuerzas de Caracoles y Atacama.
 Cuartel Jeneral en marcha – Canchas Blancas, marzo 31 de 1879.
 Señor.

 A fin de que esa Comandancia Jeneral tenga conocimiento del combate que tuvo lugar en Calama en la mañana del 23 del mes que termina, adjunto copia autorizada del parte que dirijo al Ministerio de la Guerra.

Con este motivo soy del señor Comandante Jeneral, su atento seguro servidor.
LADISLAO CABRERA.

 AL SEÑOR COMANDANTE JENERAL DEL DEPARTAMENTO DE POTOSÍ.
JEFE DE LAS FUERZAS DE CARACOLES Y ATACAMA.
 CUARTEL JENERAL EN MARCHA.- CANCHAS BLANCAS, MARZO 27 DE 1879.


Señor:

Después de mis oficios de 16 y 25 del corriente, cumple á mí deber dar parte al Supremo Jefe del Estado, por conducto del señor Ministro de la Guerra, del combate que en la mañana del 23 tuvo lugar en Clama, entre el ejército de Chile en número de 1,400 á 1,500 hombres, y los pocos ciudadanos que defendían la integridad del territorio Nacional; combate que dio por resultado la ocupación de aquella importante plaza por las fuerzas de Chile.

 Hecha la intimación de fecha 16, por un parlamentario ad hoc de las fuerzas enemigas situadas en Caracoles, y firmado el protocolo en que consta la contestación que aquél recibió, debía esperarse, que ……... ese día, al siguiente cuando mas, seria asaltada la plaza.

Mas no fue así: las fuerzas de Chile en Caracoles que no bajaron de 800 hombres cuando se hizo la intimación no se creyeron bastante poderosas para la toma de Calama, defendida únicamente por unos pocos ciudadanos. Fue preciso que hicieran venir de Antofagasta mayor número de tropas y á uno de los mas acreditados Jefes.

 Reunido ahí un Ejército efectivo de 1,400 á 1,500 plazas, con las armas mas perfeccionadas por su precisión y alcance, con once piezas de artillería d montaña y dos ametralladoras, en la madrugada del día 23, empezó á descender rápidamente por la quebrada principal que de Calama conduce á Carácoles. En ese Ejército se notaba también un cuerpo de caballería.

 El campamento tenia pequeña fuerza cuyo número era solo de 135 hombres entre Jefes, Oficiales y soldados, se hallaba situado ente el camino de Chiuchiu y el puente de Topater á una altura como de cien piés sobre el nivel de éste, y por consiguiente en estado de observar los movimientos del enemigo de los cuales dependía la defensa de la plaza.

 El tiempo que el Ejercito enemigo empleó en bajar á las márjenes opuestas del río Loa, que nos dividida lo utilizé en preparar mis pocos pero valerosos compañeros cuyo ardimiento, por el próximo combate, aumentados á medida que eran interminables las columnas enemigas que bajaban al llano.

En homenaje á la justicia y en honra, á los bolivianos declaro señor Ministro, que en esos solemnes momentos, no vi palidecer á ninguno de los que se hallaban en el campamento. Mas parecía que se preparaban á un festín que á un terrible combate en que iban á correr torrentes de sangre.

Si alguien hubiera preferido la idea de la retirada á la vista de la superioridad numérica tan esecita, habria sido despedazado.

Los 135 defensores de la plaza, que muy luego talvez iban á convertirse en mártires de su patriotismo y de su abnegación, esperaban mis últimas órdenes con impaciencia fébril. 
Para mejor comprensión debe tenerse presente que el rio Loa en el paralelo de nuestro campamento tiene el nombre de Yalquincha, de Topater en el lugar del puente de este nombre, y de Carvajal en el lugar del otro puente. Ambos mandé destruir días antes. De Yalquincha á Carvajal hay mas de tres millas de distancia. Se comunican por senderos angostos que es preciso conocer para recorrer de un punto á otro. Cualquiera desviación es un gran inconveniente para todo movimiento rápido. 
A (8 h. á m.) mas ó menos, el Ejército enemigo y á distancia como de tres millas de nuestras posesiones, se situó en unas colinas que se hallan sobre el camino de Caracoles, y desde allí desprendió algunas columnas lijeras que avanzaron sobre el rio que nos separaba, siendo al parecer, su principal punto de ataque el puente de Topater.

 Me dirijo al Coronel Fidel Lara y le ordeno que baje inmediatamente. Mi órden es contestada por entusiastas vitores á Bolivia, al Presidente de la República, que jamás olvidaré. Yo también bajo al mismo lugar á señalar su puesto á la valiente columna que mandára el Coronel Lara. Llevé tambien con esa columna doce rifleros montados al mando de su segundo Jefe don Eduardo Abaroa. El resto de este cuerpo lo dejé de reserva para acudir al lugar que fuese necesario.


  Otros de los puntos amenazados fue el puente de Carvajal en cuya dirección bajó una de las columnas enemigas. Era preciso atender allí. Separé de la fuerza del Coronel Lara quince hombres de tropa, cinco oficiales armados de rifles y cuatro de los rifleros de los doce de q’ hago mención, y á mando del Teniente Coronel Emilio Delgadillo los conduje á defender un vado del Loa llamado de la Huaita un poco al norte del puente Carvajal. Cuando llegué á este último punto, ya veinticinco o treinta hombres de á caballo de las fuerzas enemigas habían pasado dicho vado y colocándose en unas murallas de adobe. Entre esta muralla y pilon de pasto seco que nos ocultaba y dividía, no había sino la distancia de diez metros á lo mas. Pude colocar convenientemente á los veinticuatro hombres que llevé con el Teniente Coronel Delgadillo, los cuales rompieron el fuego con tal certeza que quedaron nueve cadáveres en los primeros tiros, los sobrevivientes repasaron el vado en precipitada fuga y algunos de estos quedaron en las aguas del río. Fue allí que se tomaron diez rifles, una espada y un caballo.

 Reiterando mis órdenes de defensa de aquel vado, al teniente Coronel Delgadillo, vuelvo al escape al puente de Topater donde se sentía el fuego mas nutrido que puede concebirse.
 Al aproximarse á este puente noto que el Ejército enemigo habia formado un semicírculo desde las cercanías de Yalquincha al lado opuesto de nuestras posesiones hasta el vado detenido por el Teniente Coronel Delgadillo.

  Ordeno que el resto del cuerpo de rifleros ente en combate hácia Yalquincha á donde se veían desprenderse enormes masas de tropa.

 El señor Prefecto del Departamento Coronel Severino Zapata que comprendió la inmensidad del peligro, anticipándose á mi pensamiento ya había desprendido ocho rifles en la dirección amenazada y se hallaba en momentos de mandar el resto al punto atacado cuando llegué alli.

 Entró pues en combate el total de los 135 hombres de que disponía.
  Ocho de los primeros doce rifleros que coloqué en Topater habían pasado el rio hácia al campo enemigo sobre una viga de madera a mando del segundo jefe don Eduardo Abaroa, así como el tercer Jefe don Juan Patiño y el oficial Saturnino Burgos por un vado del río al Norte de Topater.

 Con esta combinación de defensa quedaron rechazados los numerosos enemigos en todos sus puntos de ataque por mas de tres y cuatro veces.
 Cuando se veía dar media vuelta hasta á los tiradores de á caballo y refugiarse de nuestras balas en las colinas del camino á Caracoles de que he hablado ántes, me hacia una ilusion de creer, que el patriotismo y el valor de mis compañeros se sobrepondría á todas las ventajas del número y de las armas de precisión.

  Desgraciadamente todo rechazo atraía mayor número de enemigos, y como era tenaz la resistencia fue redoblado cada nuevo ataque. Columnas cerradas venían en protección de las rechazadas.

  Empieza á oirse el ruido de las piezas de artillería, y entre ésta de las ametralladoras al propio tiempo que aumentaba el silbido de las balas de rifle. Desde ese momento los tres puntos defendidos, Yalquincha, Topater y vado de la Huaita, no solo eran impotentes sino espantosos para quienes no han podido oir el retumbar del cañón, el estallido de las bombas de incendio y el ruido de las balas de rifle.

 Duraba ya éste desigual combate cerca de dos horas. Siento q’ en el ala derecha de nuestra defensa, en el vado de la Huaita disminuyen nuestros fuegos. Me dirijo allí por tercera ó cuarta vez y ántes de llegar encuentro al oficial Manuel Luna que venía á pedirme refuerzo con un rifle y caballo enemigos. No teniendo ni un solo hombre mas de que disponer me limito á ordenarle que vuelva á ocupar su puesto.

  En esta situación se me dice que otro puente á distancia de dos millas del de carvajal, al Sur; esto es Chunchuri estaba ocupado por fuerzas enemigas. Era nueva atención en tan difíciles momentos. Mando á informarse de la verdad de este nuevo peligro al Capitán de lanceros Miguel Palalo, y regreso al puente de Topater á ver si podian sacarse de entre los defensores de aquel punto algunos hombres para atender á Chunchuri.

Ya era tarde, este puente había sido tomado por el enemigo, así como el cuerpo de rifleros al Norte de Topater. El Coronel Lara se habia retirado quemando su último cartucho. El cuerpo de rifleros, agotadas sus municiones había hecho otro tanto.

 Se notaba en aquella situación que el enemigo que había desalojado á la columna de Caracóles y al cuerpo de rifleros, no se atrevía á traspasar el río, parecía que se hallaba asombrado de tanto heroísmo. No se oia ya sino en dirección del pueblo uno que otro tipo.
 Pude llegar así sin ninguna dificultad á lo q’ fue nuestro campamento donde encontré todavía al Jefe del Estado Mayor, Coronel Gaspar Jurado, al Comandante Pedro Caballero y al oficial de lanceros Segundo Altamirano.

  El Comandante Narciso Avilés tercer Jefe de la Columna de Caracóles me dá la triste noticia de que parte del Ejército enemigo había ocupado ya el pueblo que defendía habiendo penetrado por el vado de la Huaita. Despacho al Oficial Altamirano á informarse de si esto era cierto. No vuelve éste. Me dirijo yo mismo al pueblo y cerca de él encuentro á uno de los cornetas de la columna de Caracóles (Aparicio) que venía de fuga y me confirma la noticia de la ocupación del pueblo.

  Contramarché sobre el campamento en cuya dirección se retiraban algunos soldados y rifleros; les indico como punto de retirada el pueblo de Chiuchiu y yo mismo tomo esa dirección. En el camino me incorporo con los compañeros cuya lista acompaño.

  En cuanto á las pérdidas que se han sufrido, de los informes que he podido recoger resulta que murieron de la columna de Caracóles tres individuos de tropa y un herido; del cuerpo de rifleros dos muertos y doce prisioneros de uno y otro cuerpo. Entre éstos el Comandante tercer Jefe de rifleros Juan Patiño
.
  Las del enemigo son injentes relativamente; todas las personas que salieron de Calama después que nosotros aseguran uniformemente que pasan de cien los muertos en los tres puntos atacados.

 Nada se sabe del teniente Coronel Delgadillo ni del segundo Jefe de rifleros Eduardo Abaroa; sin embargo respecto del segundo se dice que fue fusilado después de prisionero. Si esta fatal noticias se confirmase, habría que vengar este nuevo crimen.

El Ejército enemigo en el combate del 23 hizo uso de todas sus armas, hasta de las bombas de incendio que en los depósitos de pasto seco han hallado cómodo combustible. Cuando las bombas no producían el efecto deseado por él, ponían fuego á dos cercos de los alfares. El aspecto que Calama presentaba en nuestra retirada era el de una hoguera espantosa.
  Así terminó aquel combate sin igual en la historia moderna; 135 hombres mal armados defendiendo una línea de mas de tres millas contra un Ejército compuesto de 1,400 á 1,500 hombres con las mejores armas que se conocen. 

 Ahora Chile sabe con qué clase de enemigos tiene que luchar, y el pais que no olvidará que á las ventajas numéricas pueden oponerse el valor proverbial del ciudadano boliviano y estudio de las localidades aparentes para la defensa ó para el ataque.

Al terminar esta exposición, es de mi deber y de severa justicia, hacer conocer á la Nacion y al Supremo Gobierno, el comportamiento heroico de todos los Jefes, Oficiales y tropa que rechazaron en la mañana del 23 al Ejército chileno.

El Sr. Coronel Severino Zapata que llegó á Calama el día 20, prestó con su presencia y sus consejos importantes servicios, antes del combate, durante él y en la retirada, así como su comitiva compuesta del Coronel Juan Salinas, Dr. Ricardo Ugarte, Lizardo Taborga y Manuel T. Cueto.

  El Estado Mayor compuesto del Coronel Gaspar Jurado, del teniente Coronel Pablo Sanchez, del Comandante Pedro caballero, Teniente primero Ignacio Pedraza y del Ayudante Federico Andía, cumplió también legalmente su deber.

 El Coronel Lara que defendía el puente de Topater causó no pocas bajas en el Ejército enemigo; pues se le vía hacer constante fuego con su rifle, rodilla en tierra. En este punto se hallaron el Comandante Avilez y los Oficiales Braulio Vera, Hermenegildo Villegas, Alfredo Goblé y Lucio Villegas.

  El teniente Coronel Delgadillo, desplegó tal valor en la defensa del vado de la Huaita superior á todo elojio. Con él se encontraban los Capitanes José Diaz y Francisco Zuñiga, los Oficiales Samuel Aramayo, Manuel Luna, Manuel Chavei, Manuel I. Gandarillas y Rodolfo Abaroa.

 El Cuerpo de rifleros que defendía el vado de Yalquincha á mando del tercer Jefe Juan Patiño, del Mayor Florian Flores y del Capitan Luis Latines, se colocó á la altura de su deber y cumplió dignamente los compromisos que voluntariamente y con sin igual abnegación contrajo. A este cuerpo pertenecian los Oficiales Saturnino Burgos, Luciano Caballero, Severo Aparicio, Manuel Pereira, Modesto Carrazana, Manuel I. Gandarillas, Rodolfo Abaroa y Avelino Aramayo.

 El cuerpo de Lanceros no ha sido menos digno en los servicios locales á que estaba destinado; y su Jefe en su calidad de tal y como Sub-prefecto de la Provincia de Atacama, señor Jose Santos Prada, ha prestado igualmente importantes servicios,-- así mismo que el Intendente de Policia y Capitán de rifleros Eugenio M. Patiño. 

Consentimiento de alta consideración, soy del Sr. Ministro de la Guerra, atento, seguro, servidor.

LADISLAO CABRERA.

martes, 18 de noviembre de 2014

¿POR QUÉ BOLIVIA QUEDÓ INSATISFECHA CON EL TRATADO DE 1904?

FELIPE PORTALES (PUNTO FINAL).
Artículo reciente de contenido significativo, publicado el 09 Agosto 2014 en la Revista “Punto Final” semanario cultural chileno de reconocido prestigio y cuyo director es el intelectual Jorge Cabieses, (amigo personal de Gastón Cornejo Bascopé)
“Curiosamente, la generalidad de los chilenos desconoce completamente antecedentes fundamentales para contestar esta pregunta crucial. Lo que sí sabemos es que nunca nuestras relaciones con Bolivia han sido buenas. Recordemos la guerra contra la confederación perú-boliviana. Luego, la desafortunada búsqueda de delimitaciones territoriales que nos llevó a un tratado (1874) que configuró una suerte de soberanía económica compartida entre los paralelos 23° y 24°.
Entretanto, se generó una gigantesca expansión económica chilena en el Litoral boliviano, complementada con un virtual abandono de dicha zona por el país altiplánico, mezcla evidentemente explosiva.

Esto fue complicado aun más por la suscripción de un tratado secreto de alianza entre Bolivia y Perú en 1873. Y todo esto culminó con la Guerra del Pacífico que significó la conquista chilena de su litoral.Pero de allí en adelante nos envuelve una misteriosa penumbra. De partida, ¿qué conciencia tenemos de lo consignado por el diplomático e historiador chileno, Mario Barros van Buren?: “La guerra del Pacífico había dejado a Chile en el sitial más destacado del mundo americano. Pero no ganamos con ello simpatías de nadie. En las grandes masas de opinión de los países indoamericanos, Chile se perpetuó como un país militarista cuyos anhelos territoriales no se pararían en Tarapacá, Antofagasta, Tacna y Arica”; y “la intelectualidad del continente (…) vio en la protección brindada a Chile por el Imperio alemán (contra intentos de mediación europeos que podrían haber disminuido las pérdidas perú-bolivianas) la complicidad entre la política agresiva de Bismarck y la de esta República sudamericana, que surgía en 1883 con ínfulas de hegemonía prusiana. Repitieron estos conceptos (de que Chile era “la Prusia de Sudamérica”) los grandes intelectuales de fin de siglo como el mexicano José Vasconcelos, el cubano (Antonio) Sánchez Bustamante, los argentinos Juan Bautista Alberdi, Leopoldo Lugones, Roque Sáenz Peña y el español Miguel de Unamuno” (Historia Diplomática de Chile 1541-1938; Edit. Andrés Bello, Santiago, 1990; p. 475).

Tampoco hay mucha conciencia de que con Bolivia solo firmamos un “Pacto de tregua” en 1884. Y lo que francamente se desconoce totalmente es que el 18 de mayo de 1895 Chile suscribió un tratado con Bolivia, por el cual “Chile se comprometía, una vez adquiridas definitivamente Tacna y Arica (fuere por plebiscito o por arreglo directo), a transferirlas, también en dominio definitivo, a Bolivia”; y que “si Chile no adquiría Tacna y Arica, se obligaba a ceder a Bolivia la caleta Vitor hasta la quebrada de Camarones, u otra análoga” (Gonzalo Vial.- Historia de Chile (1891-1973); Volumen II, Edit. Zig-Zag, Santiago, 1982; p. 188).

Además, aquel tratado fue complementado con otro de Paz y Amistad; y un tercero de Comercio. El Congreso boliviano ratificó los tres tratados, los que fueron promulgados por el presidente Mariano Baptista el 10 de diciembre de ese año. A su vez, el Senado chileno los aprobó por 12 votos a favor, 1 en contra y una abstención; y la Cámara de Diputados “sobre tabla”, esto es, por unanimidad. De este modo, ellos fueron promulgados por el presidente Jorge Montt y el ministro de Relaciones Exteriores Adolfo Guerrero en el Diario Oficial del 2 de mayo de 1896 (Ver Carlos Figueroa Serrano; en El Mercurio; 11-6-2014). “El de Transferencia de Territorios no se publicó, porque implicaba las provincias de Tacna y Arica, aún pendientes de resolución con Perú; sin embargo aparece incorporado entre los documentos oficiales del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, ‘Tratados bilaterales Chile-Bolivia’ ” (Figueroa; ibid).

Sin embargo, diferencias posteriores de interpretación respecto del alcance del corredor (Ver Vial; p. 267) y las protestas de Perú de que Chile dispusiera de territorios todavía disputados entre ellos, ya que la alternativa de Vitor también estaba en esa zona (Ver Vial; p. 200); fueron aprovechadas por el Estado chileno para no cumplir con dichos tratados, sobre todo teniendo en cuenta que en 1898 había terminado el inminente peligro de guerra con Argentina –que se desarrolló durante la década de los 90- al definirse el límite en la Puna de Atacama y al convenir ambos países en el arbitraje de la reina de Inglaterra sobre la Patagonia.

Es más, en muy pocos años la actitud chilena cambió en 180 grados. Así, el ministro de Chile en La Paz, Abraham König –ante el rechazo de una propuesta chilena de que Bolivia se conformara con puertos libres y compensaciones adicionales-, entregó al gobierno altiplánico, el 13 de agosto de 1900, una brutal nota “diplomática” que señalaba en su parte medular:
“Es un error muy esparcido y que se repite diariamente en la prensa y en la calle el opinar que Bolivia tiene derecho a exigir un puerto en compensación de su litoral. No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral y se ha apoderado de él con el mismo título con que Alemania anexó al Imperio la Alsacia y la Lorena (refiriéndose a su conquista luego del triunfo de Prusia contra Francia en la guerra de 1870), con el mismo título con que los Estados Unidos de la América del Norte han tomado a Puerto Rico (en 1898, luego del triunfo en su guerra contra España). Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones. Que el litoral es rico y que vale muchos millones, eso ya lo sabíamos. Lo guardamos porque vale; que si nada valiera no habría interés en su conservación. Terminada la guerra, la nación vencedora impone sus condiciones y exige el pago de los gastos ocasionados. Bolivia fue vencida, no tenía con qué pagar y entregó el litoral. Esta entrega es indefinida, por tiempo indefinido, así lo dice el pacto de tregua: fue una entrega absoluta, incondicional, perpetua. En consecuencia, Chile no debe nada, no está obligado a nada, mucho menos a la cesión de una zona de terreno y de un puerto. En consecuencia, también, las bases de paz propuestas y aceptadas por mi país y que importan grandes concesiones a Bolivia, deben considerarse, no sólo como equitativas, sino como generosas” (Barros; p. 583).

“Es un error muy esparcido y que se repite diariamente en la prensa y en la calle el opinar que Bolivia tiene derecho a exigir un puerto en compensación de su litoral. No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral y se ha apoderado de él con el mismo título con que Alemania anexó al Imperio la Alsacia y la LorenA”

Fue tal la brutalidad del texto –incluso para los estándares de la época- que generó duras reacciones continentales. Así, “la maniobra del ultimátum hubo de ser contrarrestada por la cancillería chilena, remitiendo una circular (septiembre) a todas sus legaciones foráneas, la cual –si bien desautorizaba levemente la forma, o la falta de forma, en la nota König- respaldaba su fondo” (Vial; p. 289). Pero tan grande era la debilidad de Bolivia que ella finalmente suscribió un tratado en 1904, de acuerdo a las tesis del ultimátum. De este modo, según constata Gonzalo Vial, “Bolivia tenía dificultades limítrofes no sólo con Chile, sino con todos sus otros vecinos: Paraguay (por el Chaco), Brasil (por la región del Acre), Perú y Argentina; sus finanzas, además, se hallaban gravemente quebrantadas”; necesitaba inversiones extranjeras para explotar “diversos tipos de riqueza nacionales”, pero “la indefinición de una guerra perdida, pero no liquidada, era mortal para los capitalistas extranjeros”. Y, por último, la tregua implicaba una apertura total de la economía boliviana a los productos chilenos (y peruanos) y “simultáneamente, diversos países que gozaban ante Bolivia de la llamada ‘cláusula de la nación más favorecida’, sostenían su derecho a ser equiparados con nosotros y los peruanos”. Y el mismo Vial, concluye: “Todo lo anterior condujo a que, iniciándose la administración Riesco, renaciera en Bolivia la idea de trocar el elusivo puerto por una sustanciosa compensación pecuniaria, recuperando –al pasar- la libertad comercial, y levantando paralelamente la ‘interdicción’ del país en el exterior” (Vial; pp. 378-9).

Como es sabido, por el Tratado de 1904 Bolivia reconoció la pérdida de los territorios conquistados por Chile, a cambio de compensaciones económicas, la construcción de un ferrocarril Arica-La Paz; la concesión a Bolivia del más amplio y libre tránsito comercial por su territorio y puertos del Pacífico; y el derecho a constituir agencias aduaneras en los puertos chilenos que designara para tal efecto.

Pero fue tan claro que dicho tratado no satisfizo realmente a Bolivia que ya en 1910 el canciller boliviano, Daniel Sánchez, en memorándum dirigido a Chile y Perú, señalaba que “Bolivia no puede vivir aislada del mar”, que necesitaba “por lo menos un puerto cómodo sobre el Pacífico”; y que respecto de esto “no podrá resignarse jamás a la inacción” (Vial; p. 556). Y en 1913, Ismael Montes, el presidente boliviano que suscribió el tratado de 1904, en su paso por Chile a Bolivia para reasumir la presidencia, sugirió en una reunión con personalidades chilenas que se le cediera Arica a Bolivia al resolver Chile su problema con Perú (Ver Manuel Rivas Vicuña.- Historia Política y Parlamentaria de Chile, Tomo II; Edic. de la Biblioteca Nacional, Santiago, 1964; pp. 358-9).
Posteriormente, tanto Bolivia y Perú unieron sus esfuerzos para que la Conferencia de París (que dio lugar al Tratado de Versalles y a la cual asistieron ambos países como beligerantes de la primera guerra mundial; ya que se habían sumado a Estados Unidos en ella, en 1917) y luego la Sociedad de las Naciones ordenaran la revisión de los tratados de 1883 (de Ancón, con Perú) y de 1904. En ambos casos fracasaron.

Pero lo notable fue que el propio Chile entendió que debía aportar lo suyo para lograr que Bolivia tuviese salida soberana al mar. Esto, en el marco de las presiones que constituyeron a Estados Unidos en indisputada potencia hegemónica en el hemisferio y en virtual mediador de Chile y Perú respecto del conflicto todavía irresuelto sobre Tacna y Arica. Así, en 1920 el gobierno chileno le comunicó secretamente a Estados Unidos que estaba en definitiva dispuesto a entregar Tacna a Perú y que “podría traspasar a Bolivia la caleta de Sama y una faja de terreno extendida desde dicha caleta hasta el ferrocarril Arica-La Paz, solucionando así las renovadas aspiraciones portuarias del país altiplánico” (Vial; pp. 645-6).
Luego, en 1926, cuando Estados Unidos estaba mediando para la realización del plebiscito acordado en el Tratado de Ancón (¡a realizarse en 1894!), el gobierno chileno le presentó al estadounidense una propuesta sustitutiva del plebiscito que según Alessandri –quien se encontraba en Washington asesorando al embajador Miguel Cruchaga- dejaba “Tacna para el Perú, y Arica para Chile, y una faja para Bolivia que remataría en una caleta cuyo nombre no pudimos encontrar en el mapa, Cruchaga, Samuel Claro ni yo. En el telegrama de nuestro gobierno se hablaba de Caleta de Palos como salida para Bolivia” (Arturo Alessandri.- Recuerdos de gobierno, Tomo I; Edit. Nacimiento, Santiago, 1967; p. 182). Incluso, esta propuesta fue mencionada como una de las razones –no la más importante, desde luego-por las que Estados Unidos, con el acuerdo de Perú, declaró impracticable la realización del tan diferido plebiscito.

Otro hito muy importante para las relaciones chileno-bolivianas lo constituyó el Tratado de Lima que en 1929 resolvió el conflicto con Perú; devolviéndole a éste la provincia de Tacna y conservando Chile la de Arica. El punto es que en dicho tratado se incluyó un Protocolo adicional secreto con una cláusula que impide cualquier acceso soberano al mar de Bolivia por las provincias previamente disputadas si no se cuenta con la aquiescencia de ambos países. Y lo más grave del caso es que de acuerdo al principal negociador chileno, el canciller Conrado Ríos Gallardo, y a la documentación estadounidense (hay que tener presente que el gobierno peruano condicionó la suscripción del tratado a que apareciese formalmente como una propuesta de Estados Unidos) ¡fue Chile quien le propuso a Perú tal cláusula! (Ver Vial; Historia de Chile (1891-1973) La dictadura de Ibáñez (1925-1931) Volumen IV; Fundación, 1996; p. 359). Es obvio -¡aunque nunca es reconocido formalmente así por la política exterior chilena!- que, para todos los efectos prácticos, aquella disposición ha convertido el tema de una salida al mar de Bolivia en un asunto trilateral.

De todas formas -y como es sabido- Chile ha continuado aportando lo suyo, en varias oportunidades, para que Bolivia pueda obtener un acceso soberano al Océano Pacífico a través de su propio territorio. Han sido los casos de las negociaciones abiertas con el país altiplánico en 1950, bajo el gobierno de González Videla; y en 1975 y 1987, bajo Pinochet.
Incluso, en 1976 se logró un acuerdo entre Chile y Bolivia de que esta última tendría un acceso soberano al mar a través de una franja territorial en el extremo norte de Chile; a cambio de un territorio boliviano equivalente que obtendría nuestro país. Respecto de ella, Perú hizo una contrapropuesta de un triángulo de soberanía compartida por los tres países en la zona de Arica que Chile y Bolivia rechazaron, volviendo todo a fojas cero.

De todos estos antecedentes aparece plenamente comprensible la insatisfacción boliviana con el Tratado de 1904; y que, por el interés y el logro de buenas relaciones entre los tres países, surge la necesidad de lograr un acuerdo trilateral satisfactorio. Acuerdo por medio del cual Bolivia no solo obtenga una salida soberana al mar, sino que se superen todos los traumas y odiosidades que nos han convertido en naciones antagónicas. Además, ¡cómo no se da cuenta Chile que el antagonismo con Bolivia y Perú lo deja siempre en desventaja con Argentina, aunque ésta no lo quiera!
Este artículo es parte de una serie que pretende resaltar aspectos o episodios muy relevantes de la historia de nuestro país que permanecen olvidados.
Ellos constituyen elaboraciones extraídas del libro de su autor: “Los mitos de la democracia chilena, publicado por Editorial Catalonia” 


 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Sí, el Mar

Jorge Siles Salinas

(La Paz, 28 de octubre de 1926 − 22 de octubre de 2014) Fue  escritor, profesor universitario y diplomático boliviano. Fue un reconocido historiador especializado en la independencia de Bolivia y la cuestión marítima con Chile En 1986 el gobierno de Paz Estenssoro le ofreció a Siles Salinas el cargo de Cónsul General en Santiago de Chile, con la misión de crear las condiciones de negociación y una propuesta a Chile que tenga posibilidades de ser discutida. La compleja tarea culminó con la elaboración de una propuesta que fue presentada a Chile en abril de 1987 en Montevideo. Esta consistía en la cesión de una franja en la línea fronteriza de Chile y Perú, además de enclaves en la costa chilena. 

PROLOGO DEL LIBRO: "Sí, el Mar" Plural Editores, La Paz Bolivia, mayo 1012
Octavio Paz, he recogido en una página de La llama doble un breve texto del Ulises , que expresa con la expresión afirmativa de la que me valgo para dar título a esta obra: "Sí, el mar carmesí, a veces como el fuego y las gloriosas puestas de sol..." Me atrae la sílaba acentuada, el signo positivo, de aceptación y certeza, que en la cita transcrita por dicho autor antecede a la palabra mar.

Los bolivianos nunca podremos pensar en el mar, escuchar la resonancia de esta palabra, concebir las imágenes que se vinculan a su extensión ilimitada sin sentir que de esa voz surge para nosotros una necesidad vital, algo como una gravitación espiritual que nos lleva de los Andes al Pacífico, a la vecindad con los pueblos hermanos.
La evocación del litoral que perdimos y del que nos separan mas de ciento treinta años de dolorosa segregación, provoca en nuestra conciencia no una actitud resignada, fatalista, de mera frustración o desistimiento, sino la que corresponde a una moral de perseverantes y valerosos sostenedores de  un ideal.
La única respuesta que cabe en el ánimo boliviano es la de un Sí seguro, abierto a la confianza en una solidaridad que no podrá  faltar, que tendrá que imponerse por la fuerza de un destino histórico que abraza a todos los pueblos de Ibero América.
Ese Sí es una respuesta a nosotros mismos, para afianzar una voluntad y una vocación que nos mueve a desconocer un enclaustramiento que no merecemos, que no se justifica en el tiempo de la integración y del reconocimiento de una comunidad entre pueblos poseedores de un mismo origen y de una misma cultura.
Y es también una respuesta a quienes no nos entienden, a quienes se empeñan en mantener una postura de obcecación, esto es,  de ceguera y confusión ente lo que es evidente: Bolivia tuvo mar y no renunciará jamás a la idea de volver a tener acceso a la costa, por los medios superiores de la negociación, el entendimiento, la conciliación de intereses
El desgarramiento con que Bolivia siente su ausencia del mar tiene en la voz poética de Oscar Cerrudo una expresión tan noble como inspirada. Dice así el versos conciso, admirable de uno de sus "CANTARES":

Mi patria tiene montañas,
no mar:
Olas de trigo y trigales,
no mar:
Espuma azul de pinares,
no mar:
Cielos de esmalte fundidos:
no mar:
Y el eco ronco del viento
sin mar
No se puede leer sin estremecimiento  ese "no mar" con  que terminan las cuatro primeras estrofas. La realidad de esa negación, junto a la afirmación de lo que nuestro paisaje encierra -montañas, trigales, pinares, un cielo  que funde el color de los minerales- revela al mismo tiempo la nostalgia de lo que  fue desprendido de la antigua entidad patria: olas, espuma, azul de mar y su cielo. Pero, por encima de todo, se levanta el "coro ronco del viento", la protesta, la voz unánime de un pueblo que se niega a vivir "sin mar".
Al "no", al "sin" de la privación de lo que nos es vital, contesta el "Sí" de nuestra voluntad de volver a las rutas oceánicas, haciendo nuestra exclamación baudeleriana según la cual el mar es un símbolo máximo de libertad: "Hombres libres, ¡tú siempre amarás el mar!"
Advirtamos que,  en el poema de Cerruto, cargado de simbolismo, ese escueto "sin mar" del último verso tiene la consistencia oscura, hiriente, de un rechazo como un "sin más" inapelable, contrapuesto desde fuera de la voluntad patriótica de los bolivianos. La expresión negativa con que  termina bruscamente el poema se  cierra como un muro, interrumpiendo ásperamente la secuencia del verso.
No de otra manera percibimos esa frase reiterativa que suele venir de la Chancillería Chilena: "entre Bolivia y Chile no hay ningún problema pendiente". No puedo negar que ese concepto, tan rudamente enunciado por lo general, me duele hondamente cada vez que llega a mi conocimiento, dado los vínculos que me unen a ese país, donde he vivido, formado mi familia, enseñando y trabajando.
En diversas ocasiones he manifestado, que, a mi parecer, Chile ha desarrollado una política internacional inteligente en todo los campos de su actuación diplomática menos en el que concierne a Bolivia, punes no siendo demasiado difícil hallar  una solución al problema de nuestra salida al mar, no ha prevalecido, desde el lado chileno, la visión razonada y la justa estimación de los elementos que entran en juego en este asunto tan grave y delicado. De nuestra parte, no podemos dejar de reconocer que nuestros errores han sido múltiples en el manejo del primordial problema marítimo, causando no poco daño al encuentro de una solución justa.
En todo caso, puede afirmarse con seguridad que Chile tendría en Bolivia, sin excesivo costo, el país más amigo si estuviera dispuesto a ceder en la postura anacrónica   de intransigencia que en forma predominante han asumido sus círculos gobernantes hacia la nación boliviana.
Bolivia no puede vivir condenada a la mediterraneidad perpetua. El egoísmo no debe prevalecer eternamente para cerrar el paso de nuestro país al mar. Repito que no es inteligente, no es razonable persistir en el desatino estribillo de  que "no existe problema pendiente" entre uno y otro país. Ante una cuestión inobjetable, reconocida múltiples veces por la naciones de América, no cabe inhibirse, cerrando los ojos a la  realidad. No han faltado, por cierto, los casos de estadistas chilenos que han reconocido palmariamente la necesidad de dar una solución definitiva al problema de acceso de Bolivia al Pacífico: Emilio Bello Codesido en 1920; Agustín Edwards, en  1921; en ese mismo año, Arturo Alessandri; Luís Izquierdo, en 1923; Jorge Matte, en 1926, y muchos otros en tiempos mas cercanos, como la nota del Canciller Horacio Walter Larraín, en 1950, se han puesto en esa línea, la de la solidaridad y la justicia. La negociación de 1975 avanzó hacia el punto de que Chile y Bolivia llegaron a un acuerdo previo para la cesión de un corredor al norte de Arica. En 1986-87 surgieron justificadas esperanzas de alcanzar un entendimiento, después de que Chile y los otros países fronterizos, Argentina y Perú, acababan de resolver favorablemente los problemas graves que entre ellos se habían suscitado.
No se ha pretendido en Bolivia, ni en 1975 ni en 1987, desconocer el tratado de 1904, ni nadie busca tal objetivo ahora. La demanda boliviana apunta  clara y precisamente sobre un corredor al norte de Arica, con arreglo a las cláusulas del Tratado de 1929 entre Chile y el Perú, no teniendo nada que ver esa demanda con lo que se determinó en 1904. Tal vez no se ha observado suficientemente que el art. lº del Protocolo complementario del Tratado de 1929, en el cual se establece que "los gobiernos de Chile y del Perú no podrán, sin previo acuerdo entre ellos, ceder a una tercera potencia la totalidad o parte de los territorios que quedan bajo sus respectivas soberanías", encierra una alusión clarísima a Bolivia de la que se desprende una visión dirigida hacia el futuro, en la que los dos países firmantes del acuerdo dejan entreabierta una posibilidad de cesión de territorio  a nuestro país, mediante un acuerdo mutuo, indudablemente con la mira de dar un acceso, eventualmente, a esa "tercera potencia", al Pacífico. Esas palabras, lejos de apuntar a una situación de inmovilismo y de estancamiento definitivo, tienen un sentido de dinamismo, por decirlo así, dirigido a una circunstancia futura para dar una expectativa cierta a la tercera nación que no había sido tenida en cuenta en el reparto de Tacna y Arica, ¿No sería junto pensar que "ese momento futuro" ya ha llegado y que es hora de poner en aplicación y hacer explícito lo que implícitamente quedó estipulado en 1929?.
La negación es, indudablemente, la calve para un entendimiento que satisfaga los intereses de las partes. Con relaciones diplomáticas o sin ellas es posible entablar el dialogo que permita alcanzar la concordia definitiva. Chile, Bolivia y Perú (puesto que también esta nación, junto a la nuestra vivió parte de su historia, debe decir su ultima palabra), tiene en esta hora inicial del siglo XXI, la responsabilidad imperiosa e irrecusable, de encontrar la formula que haga de Bolivia un país con vecindad marítima junto a sus hermanos del Pacífico.
 Jorge Siles Salinas
La Paz (Bolivia) mayo 2012

miércoles, 27 de agosto de 2014

MISCELANEA

    Cantar (*)

Mi patria tiene montañas
,
no mar.
Olas de trigo y trigales,
no mar.
Espuma azul los pinares,
no mar.
Cielos de esmalte fundido
no mar.
Y el coro ronco del viento
sin mar


 *Oscar Cerruto (1912 - 1981)
 Poeta, narrador, periodista y diplomático, es considerado
uno de los grandes
poetas de Bolivia

TENGO EL CIELO AL ALCANCE DE
LA MANO Y NO EL MAR

Germán Zelada Urioste

Extendidas mis manos hacia el cielo
pudieron alcanzar a los luceros
para atrapar allí los reverberos
que se miran de noche desde el suelo. 
Me robaron el mar,  estoy en duelo,
tal hacen por doquier los marineros
que surcan por el mar con sus veleros
quise singlar y vino el desconsuelo.

Ha puesto una muralla de cañones,
ha sembrado de minas la frontera,
afirma que la guerra da derecho. 
Por mucho que nos niegue las razones el vil usurpador,
quiera o no quiera,
tendrá que recular cediendo el trecho.



    LOS MITOS CHILENOS Y LA REALIDAD DE LOS DERECHOS BOLIVIANOS
Almirante (sp) Jorge Botello Monje
Luego de la invasión de nuestra costa, Chile, pretendiendo justificar su agresión, emitió un documento en el que con argumentos inexactos, por decir lo menos, buscaba desinformar a los gobiernos a los que fue dirigido. Dicho escrito fue oportunamente desmentido por don José María Santibáñez. Este año, como consecuencia de la demanda presentada por Bolivia ante la Corte de La Haya, repite lo que hizo el 18 de febrero de 1879, otra vez tratando de confundir a la opinión internacional.

 Esta vez en tres idiomas publica un folleto titulado: “CHILE Y LA ASPIRACIÓN MARÍTIMA BOLIVIANA. MITO Y REALIDAD”, el propósito es el mismo: dar información errónea a la opinión pública internacional, con afirmaciones tergiversadas. El documento consta de cuatro incisos, el primero: “BOLIVIA TIENE ACCESO AL MAR” afirma que: “Chile reconoció a favor de Bolivia y a perpetuidad “el más amplio y libre derecho de tránsito comercial por su territorio y puertos del Pacífico””. “A través de estas facilidades, privilegios y derechos en territorio chileno, Bolivia tiene amplio acceso al Océano Pacífico”.
 Esta aseveración no es cierta porque si bien el tratado cuestionado, estipula el libre tránsito, este, aparte de que ha sido numerosas veces restringido y por lo tanto no cumplido plenamente, limita dicho transito únicamente a lo comercial; además especifica claramente que el acceso es a los puertos, no al mar. Por lo tanto decir que eso significa que Bolivia acceda al mar, es una afirmación tendenciosa.
 Alude también a una serie de supuestas condiciones ventajosas aplicadas al comercio boliviano, asunto que no tiene nada que ver con lo demandado por nuestro país.
 Señala el documento que la carga boliviana que mueven esos puertos, se ha incrementado considerablemente, esto es consecuencia de la gran dependencia de Bolivia, respecto de Chile, lo que ocasiona la pérdida de un porcentaje del PIB, tal cual ha sido establecido por fuentes ajenas.

 El segundo punto: “CHILE Y BOLIVIA POSEEN LÍMITES CLAROS Y DEFINITIVOS FUNDADOS EN UN TRATADO PLENAMENTE VIGENTE”, señala que los límites fueron establecidos en el tratado de 1904, y dice: “Cabe señalar que este tratado fue suscrito libremente transcurridos 24 años del término del conflicto que los enfrentó en el siglo XIX y 20 años después de la tregua establecida entre ambas partes”. No menciona el hecho de que dicho tratado fue firmando estando ocupado el territorio boliviano, y que existió amenaza a través de declaraciones de sus diplomáticos, por lo tanto Chile ejercía presión armada y Bolivia no podía actuar en libertad. Tampoco explica la forma en que se dio esa ocupación, derivada de una injustificable agresión.
 Pretende mostrar que dicho tratado es completamente ventajoso para Bolivia, cita el libro de Alberto Gutiérrez que dice: “El Tratado firmado con Chile el 20 de octubre de 1904 era una evolución tan considerable en la economía nacional, que puede decirse que abarcaba todas las necesidades fundamentales: ferrocarriles, instrucción, independencia aduanera y financial”. (Alberto Gutiérrez, La Guerra de 1879. La Paz: Librería Editorial GUM, 2012, p. 352).

 Omite referirse a las numerosas publicaciones contrarias a dicho documento, por ejemplo: “En efecto, en más de cien años de encierro, tanto Chile como Bolivia han comprobado que el libre tránsito no ha funcionado debidamente. Varias décadas de vigencia tiene el Tratado de 1904, y son múltiples las ocasiones en que aquel derecho ha sido absolutamente desvirtuado o infringido” (Escobar Cusicanqui, Jorge. Historia Diplomática de Bolivia. Tomo I. Plural Editores. 6ta Edición. La Paz, 2013. Pag. 136).
 Otro ejemplo el del historiador chileno don Cástulo Martínez, que respecto del supuesto libre tránsito afirma: “existe suficiente evidencia documentada que demuestra que, al menos en estos tres puntos ya señalados, (se refiere a otros dos puntos que defieran favorecer a Bolivia) nuestro país (Chile) no ha respetado su cumplimento como debería ser.” (Martínez Cástulo. Chile Depredador. Editorial Gum La Paz. 2010. Pag. 133)

 El siguiente punto: “LO QUE ESTÁ EN JUEGO: EL DESARROLLO NORMAL DE LAS RELACIONES INTERNACIONALES Y EL RESPETO POR LOS LÍMITES ESTABLECIDOS” tiene que ver con el reclamo de Bolivia y dice que: “se basa en negociaciones diplomáticas que tuvieron lugar en el pasado como fuente de esta supuesta obligación. La pretensión de Bolivia carece de todo fundamento. Chile no está sujeto a ninguna obligación existente de negociar con Bolivia para llegar a un acuerdo que otorgue a Bolivia un acceso completamente soberano al Océano Pacífico.” Señala que las “negociaciones son un componente esencial de las relaciones pacíficas entre los Estados y que sin estas…serán incapaces de resolver los temas a menudo complejos que forman parte del quehacer internacional.”

 Refiere que para que las negociaciones logren su objetivo, los Estados deben tener libertad para expresar sus puntos de vista y para realizar propuestas que consideren sus derechos e intereses.
 Por otra parte argumenta que los estados deben poder participar en un dialogo “sin necesidad de estar legalmente obligados a llegar a un acuerdo que no tenga debidamente en cuenta los derechos e intereses de cada Estado”
 Continua: “Además, el requisito de que los Estados deben consentir en cualquier obligación legal que se imponga sobre ellos es un principio elemental del sistema legal internacional, proveniente del principio de igualdad soberana.” Y que “ La reclamación de Bolivia podría tener consecuencias potenciales de gran alcance en la libertad de los Estados para participar en negociaciones diplomáticas, como también en su habilidad para discutir libremente sin temor que su contraparte negociadora argumente más tarde que debido a que en circunstancias particulares en algún momento de la historia una iniciativa diplomática fue realizada o pensada, ésta pudiera luego ser considerada que ha creado una obligación legalmente vinculante de alcanzar un determinado resultado.” Esta parte concluye señalando que: “Bolivia busca con su pretensión un resultado por el cual Chile sea obligado a aceptar modificar el límite entre los dos Estados. En efecto, Bolivia busca alterar el límite acordado desde hace 110 años con Chile.” Respecto de este punto, debemos manifestar nuestro acuerdo con la primera parte del título, es decir que está en juego: EL DESARROLLO NORMAL DE LAS RELACIONES INTERNACIONALES, no así lo que refiere al supuesto irrespeto de los límites establecidos. Y está en juego el desarrollo normal de las relaciones internacionales, porque Chile no está dispuesto a sujetarse a lo que la comunidad internacional ha establecido para el arreglo pacífico de las controversias. Esto se desprende de las numerosas afirmaciones dirigidas a negar los derechos bolivianos e incluso negar competencia a la Corte de La Haya

 Sobre este punto conviene hacer las siguientes consideraciones: Según Chile, los estados deben tener libertad para “realizar propuestas que consideren sus derechos e intereses.” A esta afirmación cabe una pregunta: ¿de qué manera Bolivia obligó a Chile a proponer una salida soberana, como solución del enclaustramiento boliviano? Por otra parte debemos entender que los gobiernos que ofrecieron la salida soberana al mar para Bolivia, tuvieron en cuenta sus derechos e intereses estimando que la solución ofrecida era la mejor para preservarlos.

 Respecto a que los estados deben consentir las obligaciones que se les impongan, es un hecho que no puede negarse. Este consentimiento lo manifiesta el estado cuando acepta someterse a las decisiones de un tribunal internacional, por lo tanto las decisiones de dicho tribunal, son consentidas por los países que eventualmente se ven sujetos de alguna demanda. No puede negarse que un estado, al manifestar la disposición a cumplir una obligación, está contrayendo frente a la comunidad internacional y por supuesto frente al estado ante el cual manifiesta dicha intención, la obligación de cumplir con lo ofrecido, de lo contrario, las negociaciones para resolver cualquier diferendo podrían extenderse sin límite en el tiempo, pues el estado podría cambiar frecuentemente de criterio y consecuentemente convertir en una farsa cualquier negociación, quitándole la eficacia como instrumento de arreglo de diferendos, esto ha estado haciendo el estado chileno, por lo que en su relación con Bolivia las negociaciones no pasaron de ser un entretenimiento para evitar la solución del problema marítimo.

 Fueron múltiples las oportunidades en que Chile se comprometió, libremente, a dar salida soberana al mar a Bolivia, incluso frente a gobiernos de terceros países, tal el caso de lo manifestado por el gobierno chileno al presidente Truman de los EEUU, cuando explicó la disposición chilena de ceder un corredor sin compensación territorial, circunstancia en la que incluso el mandatario chileno y el norteamericano consultaron en un mapa la posible solución, así está registrado en los archivos del departamento de Estado. (Gumucio Granier, Jorge. Estados Unidos y el mar boliviano. Plural Editores. La Paz 2005. Pag 361.

 A consecuencia de lo tratado entre los presidentes Gonzales Videla y Truman, el gobierno boliviano envió una nota en junio de 1950, para continuar las conversaciones, esta mereció la respuesta en los siguientes términos: “De las citas contenidas en la nota que contesto, fluye que el Gobierno de Chile, junto con resguardad la situación de derecho establecida en el Tratado de Paz de 1904, ha estado dispuesto a estudiar, en gestiones directas con Bolivia, la posibilidad de satisfacer las aspiraciones del Gobierno de Vuestra Excelencia y los intereses de Chile”
 “En la presente oportunidad, tengo el honor de expresar a Vuestra Excelencia que mi Gobierno será consecuente con esa posición y que, animado de un espíritu de fraternal amistad hacia Bolivia, está llano a entrar formalmente en una negociación directa destinada a buscar la fórmula que pueda hacer posible dar a Bolivia una salida propia y soberana al Océano Pacífico, y a Chile obtener las compensaciones que no tengan carácter territorial y que consulten efectivamente sus intereses.” (Op. Cit. Gumucio Granier Jorge. Pág. 362)
 
 Al ser la oferta un acto unilateral del estado chileno y al generar estos actos, una obligación que debe ser cumplida por el estado concernido, pues constituyen verdaderos tratados, tal cual lo reconoce la jurisprudencia, Chile está obligado a cumplir lo ofertado. Son los mismos investigadores chilenos que reconocen esta obligación así dice Máximo Quitral sobre el reclamo boliviano: “… se basa en actos unilaterales del Estado chileno, o sea, se insiste en que no solo los tratados obligan, sino que también los actos bajo la voluntad gubernamental (zanjados por escrito o también orales) y los cuales representan un elemento importante en la conformación del derecho internacional. En el fondo los actos unilaterales entre Estados se transforman en mecanismo de obligación jurídica internacional, asunto realmente complejo pero no difícil de ser probado, ya que los actos unilaterales tendrían cierta doctrina (Venturini por ejemplo) como la existencia de jurisprudencia internacional. Los abogados chilenos ya deberían estar trabajando sobre esto.” (Historiador y politólogo, investigador del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad Arturo Prat. Autor del libro “Los desafíos de una agenda bilateral: Chile y Bolivia entre las diferencias políticos y los acercamientos económicos, 1970-1990″ y “América Latina, nuevas miradas desde el Sur” (http://www.elquintopoder.cl/politica/fallo-de-la-haya-se-nos-viene-bolivia/)).

 De lo detallado se desprende que no está en juego el respeto por los límites establecidos, puesto que el presente caso es de carácter particular y se origina en una promesa, un acto unilateral, que implica una obligación, y no tiene ningún efecto, ipso facto, respecto de cualquier otro tratado sino exclusivamente en lo referido a Bolivia y Chile y específicamente como consecuencia de la obligación libremente asumida por nuestro vecino del oeste y en lo referido a dicha oferta.
 No se debe olvidar que la oferta de entregar a Bolivia, un acceso soberano al Pacifico, la hizo Chile en completa libertad, sin que haya existido ninguna amenaza de parte de nuestro país, aunque ahora su gobierno exija negociar en libertad, libertad que nos fue negada cuando nuestro gobierno tuvo que firmar el Tratado de3 1904.
 El último punto del documento es solo una muestra estadística que tampoco tiene relación con la problemática presente. 


 Para concluir conviene transcribir a don Cástulo Martínez en su libro “Chile Depredador ( Ed Gum. La Paz 2010. Pag 15) en cuyo capítulo I bajo el título de: “La Historia en Chile, ¿Es Confiable?” afirma: “En Chile la verdad histórica – al menos en relación con Bolivia y Perú – tiene ciertas áreas manipuladas; y esta información así distorsionada se enseña en las escuelas chilenas, desde los primeros años de la enseñanza básica hasta el periodo universitario, como si fuera verdad genuina”
 Bajo este paradigma, ¿pueden ser creíbles los argumentos chilenos que pretenden descalificar la demanda boliviana?
  
  

jueves, 18 de abril de 2013

UN TRÍO DE RIQUEZAS Y APETITOS POLÍTICOS ABONARON LA GUERRA DEL PACIFICO



 Dr. Antonio Dubravcic Luksic
 Vicepresidente Sociedad Geográfica y de Historia “Sucre”


El guano, los minerales y el salitre fueron las tres causas económicas de la guerra. La alianza de Bolivia y Perú, las ansias de poder de algunos militares bolivianos y los intereses británicos fueron los aspectos políticos que llevaron a Bolivia y a Chile a las armas.
 Los famosos 10 centavos de impuesto que Bolivia intentó cobrar a cada quintal de salitre explotado por una compañía británico-chilena detonaron la guerra del Pacífico. Esa historia, es cierta, pero estuvo precedida y rodeada de intereses políticos y económicos que involucraron al menos a media docena de países, entre ellos, por supuesto, a Bolivia y a Chile.

 La codicia chilena y británica por el guano, los minerales y el salitre son las tres razones económicas de la guerra. El temor mapocho por la alianza peruano-boliviana, las ansias de políticos y de algunos militares bolivianos por tomar el poder, son los motivos principales de la contienda.

 Chile, según el relato de Roberto Querejazu en Chile enemigo de Bolivia antes, durante y después de la guerra del Pacífico, fue el más pobre entre las colonias españolas. Y así nació a la vida republicana. Esa pequeñez se acentuó cuando Andrés de Santa Cruz, en 1836, dio vida a la Confederación Perú-boliviana, a la que Chile se ocupó de combatir hasta hacerla desaparecer en la batalla de Yungay. Esa victoria militar luego se convertiría en una guerra diplomática de Chile en contra de la unión de Perú y Bolivia, muchas veces intentada y nunca realizada.

 Mientras la política hacía y deshacía en el triángulo conformado entre Bolivia, Perú y Chile, tres especies de aves -guanay, piquero y pelícano- defecaban en la costa del Pacífico boliviano y peruano. Ese guano, un poderoso fertilizante, formaba verdaderos promontorios de hasta 30 metros de alto. Chile no tardó en poner los ojos en esa riqueza natural por la facilidad con que se convertía en dinero en el mercado externo.
 
 En 1863, fuerzas navales chilenas tomaron posesión de Mejillones para consolidar la propiedad que señalaba su ley. Como consecuencia, el 5 de junio de 1863, el Congreso boliviano, reunido en Oruro, autorizó al Poder Ejecutivo a declarar la guerra a Chile si es que no se conseguía desalojar a los usurpadores por la vía de la negociación diplomática.

 El mismo Congreso aprobó dos disposiciones secretas, una para buscar un acuerdo con Perú, a cambio del guano de Mejillones; y otra para celebrar pactos con potencias amigas.

 Perú vaciló en su apoyo a Bolivia y Gran Bretaña, donde acudió Bolivia a conseguir un préstamo, dio mucho menos dinero del que el país esperaba. Lo único que quedaba era buscar un acuerdo pacífico con Chile.

 Así estaban las cosas cuando España, dolida por la pérdida de sus colonias, declaró la guerra a Perú y a Chile. Para Chile, entonces, el apoyo de Bolivia hubiera sido crucial porque las fuerzas ibéricas se aprovisionaban en el puerto boliviano de Cobija, lo que dejaba en mala posición a Chile.

 Sin embargo, los cambios en la política interna boliviana hicieron virar la historia. Mariano Melgarejo -que se hizo del poder al derrocar a José María Achá- envió tropas en apoyo a Chile y derogó la ley declaratoria de guerra. Los españoles tuvieron que marcharse y Melgarejo, con una inmejorable oportunidad para definir, de una vez y por todas, los límites con Chile, no supo aprovechar la ocasión presentada. Recibió de Chile un título de general de su Ejército y una propuesta para declararle la guerra a Perú con la finalidad de arrebatarle Tarapacá, Tacna y Arica. Los dos últimos territorios quedarían para Bolivia.

  Agustín Morales, el sucesor de Melgarejo, intentó una negociación para recuperar lo perdido. No lo logró. Chile, por un lado negociaba y, por otro, ayudaba al general boliviano Quintín Quevedo, en su afán de derrocar a Morales. Con la ayuda chilena, desembarcó en Antofagasta para iniciar una revolución que lo llevaría al poder. No pudo avanzar y tuvo que refugiarse en un blindado chileno. Tras el incidente, se sucedieron cartas de protesta, de amenaza entre Chile y Bolivia.

 Morales, que había recibido apoyo de Perú para derrocar a Melgarejo, hizo una alianza de defensa con Perú, que esta vez sí aceptó la unión por el temor de que Bolivia se uniera a Chile en su contra.

 Si bien Perú y Bolivia firmaron un pacto, no hicieron nada para armarse. Incluso, el Congreso boliviano rechazó el pedido del Ejecutivo de adquirir dos buques blindados para la defensa de las costas. De hecho, la guerra de 1879 halló a Bolivia desprovista.

  Las riquezas de la discordia habían sido el guano y los minerales, pero llegó el salitre -otro fertilizante de alto poder- para completar el trío de las riquezas más codiciadas de la época. Una febril actividad de marca inglesa se instaló en el desierto en torno al salitre. La compañía británico-chilena de salitres y ferrocarril Antofagasta se convirtió en ama y señora de la región.

 Los intereses empresariales británicos se mezclaron con los intereses políticos chilenos. Tanto, que los intereses británicos empujaban a los chilenos a apropiarse de Antofagasta y de los territorios adyacentes. Esa explosiva combinación de política criolla y empresa europea desembocaron en la Guerra del Pacífico en el año 1879.

 Era mayo de 1877, cuando todavía las bolivianas Antofagasta, Cobija, Mejillones y Tocopilla fueron abatidas por un terremoto. Casi un año después y luego de comprobar la magnitud del desastre -en febrero de 1878-, el Congreso boliviano aprobó una ley por la que se establecía que la compañía de salitre debería pagar 10 centavos por cada quintal explotado, dinero que sería destinado a la recuperación de la zona afectada por el sismo.

  Otro incidente, también relacionado con los impuestos, tensionó aún más las relaciones. La Junta Municipal de Antofagasta determinó que los propietarios de inmuebles -entre los que se encontraba la salitrera – deberían pagar un impuesto por el alumbrado público. El gerente de la empresa, Jorge Hicks, se negó a hacerlo alegando la violación del tratado de límites. La Junta Municipal dispuso su apresamiento. Hicks, en principio, se había refugiado en el consulado chileno, pero finalmente terminó honrando la deuda. Sin embargo, el resentimiento lo indujo a pedir ayuda militar chilena, la que llegó pronta y reforzada con tres buques blindados a Antofagasta.
El 14 de febrero de 1879, los habitantes de Antofagasta vieron en el horizonte el humo del blindado de Cochrane y la corbeta O´Higgins que se sumaban al blindado Blanco Encalada que partió días antes.

Bolivia carecía de efectivos, por lo que tras el desembarco de las tropas chilenas, aproximadamente 200 soldados, tomaron la plaza en un paseo, los chilenos obligaron a los funcionarios bolivianos y los pocos guardias armados a abandonar la ciudad. De los 6.000 habitantes de Antofagasta, 5.000 eran chilenos y solo 600 bolivianos, el resto de diversas nacionalidades, según relata el historiador Carlos Mesa.

La invasión  inició unilateralmente el conflicto bélico. Al no existir líneas telegráficas en el territorio boliviano, la noticia llegó al país por la vía de Tacna.  El cónsul boliviano Manuel Garnier escribió una carta al presidente Hilarión Daza y la envió con el chasqui Gregorio Colque (Goyo) que hizo el máximo esfuerzo y cubrió la distancia a La Paz en cinco días. El 25 le entregó la misiva a Hilarión Daza. El 26 el Gobierno hizo una proclama a la nación, comunicando la agresión y estableciendo los aprestos para la defensa.

El ataque llegó en un pésimo momento para Bolivia, una sequía en 1878, origino desabastecimiento en los mercados, hambruna, peste y gran mortalidad. Bolivia, fue privada de una salida soberana al Pacífico.

Han transcurrido ciento treinta y cuatro años  de la pérdida de  nuestro litoral, ciento treinta y cuatro años del Litoral cautivo, provoca en la conciencia de todo boliviano no una actitud fatalista de resignación sino la que corresponde a los valerosos sostenedores de un ideal, un Si que nos mueve a desconocer ese enclaustramiento  que no lo merecemos. La voz poética de Oscar Cerrudo en uno de sus versos “Cantares”, expresa esa  ausencia del mar:
“Mi patria tiene montañas
no mar.
Olas de trigo y trigales.
no mar.
Espuma azul los pinares,
no mar.
Cielo de esmalte fundido,
no mar.
Y el coro ronco del viento
sin mar”

Jorge Siles Salinas en su último libro editado: “Sí, el mar”, manifiesta que no se puede leer sin estremecimiento ese “no mar”. El poema de Cerrudo, cargado de simbolismos, ese “Sin mar” del último verso, constituye un rechazo, como un “sin más” inapelable, esa expresión negativa con que termina bruscamente el poema , constituye un muro que interrumpe bruscamente la secuencia del verso.

 El 14 de febrero de 1879, amaneció el blindado chileno Blanco Encalada, en la costa de Antofagasta. La guerra, en la que Bolivia perdería el Litoral, había comenzado.
 Para terminar este relato, a decir de Querejazu Calvo: “No es necesario seguir acumulando evidencias, para llegar a la única gran conclusión: Chile le debe un puerto a Bolivia”

 Bibliografía:
 Querejazu Calvo R., “Chile enemigo de Bolivia, antes durante y después de la Guerra del Pacífico” Editorial Los Tiempos, Cochabamba
 Pinto J.V. “Chile” Diccionarios Histórico de Bolivia, Director Joseph Barnadas, T. I; 516; Edit. Túpac Katari Sucre 2002
 Roca José L., Historia de Bolivia de H.S. Klein
 Nociones de geopolítica y geografía limítrofe de Bolivia.
 Querejazu Calvo. R.; “Aclaraciones históricas sobre la Guerra del Pacífico” Ed. Juventud La Paz Bolivia 1995
 Querejazu Calvo R.; “La Guerra del Pacifico” Editorial Juventud La Paz 1994
 Aguirre Lavayén J.; “Guano Maldito” Ed. Los amigos del libro 1996
Siles Salinas Jorge “Sí, el Mar” Plural Editores La Paz 2012